Se conocieron casi fatalmente.
Dora venía de encontrar a su novio en la cama, con una de sus íntimas amigas. Su pequeña motocicleta se manejaba sola. La ira, la humillación y la impotencia, habían invadido todos los espacios. La sangre de su corazón herido le había anulados todos los sentidos. No veía, no oía. Estaba vacía.
Cuando despertó en el hospital, no sabía cómo había llegado allí. Su pierna derecha traccionada en ese aparato de hierro no la dejaba mover, aunque aún sin eso, igual no podría moverse, le dolía todo, hasta cuando parpadeaba.
A su lado, un joven que no conocía, la miraba con evidente muestra de impaciencia y aburrimiento. Ella preguntó:
-¿Dónde estoy, qué pasó?-.
El muchacho, esperaba la pregunta para vomitar toda la bronca que llevaba dentro.
–Pasaste el semáforo en rojo y chocaste contra mi camioneta-.
Y siguió con tono irónico:
-Como la señorita no llevaba documentos no supimos a quién avisar, estoy esperando que despiertes para que me digas quién sos y donde vive tu familia-. -¿Porqué no llamaron a mi madre?, el número figura en mi celular-
–Tu celular se hizo mil pedazos.
-¿Cómo esta mi novio?
–No sé nada de tu novio, venías sola.
–No, no iba sola, él venía conmigo.
–Si tu novio venía con vos, voló muy lejos porque nadie lo vio, te repito, venías sola.
Hubo un momento de silencio y luego Roberto, el dueño de la camioneta, preguntó impaciente:
-Decime tu nombre y el teléfono de tu casa-.
Buscando recordar, Dora cerró los ojos, pero no encontraba las respuestas. Roberto insistió:
-Debo avisarle a tu familia o a tu novio-.
Con la palabra novio, Dora abrió los ojos muy grandes y gritó:
-¡No a mi novio no! no tengo novio.
-Recién dijiste que ibas con tu novio.
–No tengo novio.
–Está bien, decime a quién aviso.
–No tenemos teléfono en casa y el celular de mamá nunca lo memoricé, lo tenía grabado en el mío.
–Entonces tendré que ir hasta tu casa, cuál es tu domicilio, ya he perdido demasiado tiempo, necesito que venga alguien ha hacerse cargo de vos-.
Dora lo miró como diciendo «me estás mareando», se tapo los ojos con ambas manos y balbuceó:
-Me llamo Dora Martínez y vivo con mi madre en pasaje Garibaldi 51, tendrás que esperarla porque ella vuelve tar… ¿qué hora es?-.
Consultando su celular con muestras de fastidio, Roberto respondió:
-Las diez y media.
–Entonces puede estar en casa si no se quedó con su novio o una amiga a tomar algo por ahí.
-Voy a buscarla-
Dijo Roberto y presuroso se dirigió a la salida. En la puerta se detuvo, respiró profundamente como buscando relajarse, dio media vuelta y volvió junto a la cama, buscó un papel en sus bolsillos, no encontró. Anotó en la palma de su mano:
-¿Cómo dijiste que te llamabas… y tu mamá, cómo se llama ese pasaje que no lo conoce nadie-.
A pesar de la incomodidad y los dolores amenguados con calmantes, a Dora le había comenzado a causar gracia el enojo de Roberto, haciéndose la chistosa le replicó:
-¿Cómo que no lo conoce nadie? Lo conozco yo y todos mis vecinos-.
Al decir esto sonrió y la sonrisa maquilló su rostro. Recién entonces Roberto percibió la belleza y simpatía de su víctima o victimaria. También él sonrió y se le esfumó el mal gesto de la cara.
–Enseguida vuelvo con tu mamá-.
Le dijo y se fue, pero no bien hizo tres pasos, volvió a preguntarle:
-¿Necesitás que traiga algo de tu casa…o del quiosco…un chocolate quizás? –No gracias, lo único que necesito es una pierna que no esté rota y si es la derecha mejor-.
Sonriendo y moviendo la cabeza sin saber qué responder, el muchacho se marchó.
No tuvo dificultad en encontrar el pasaje Garibaldi. Cuando estuvo frente al número indicado, justamente una mujer abría la puerta para entrar. Se apuró y la abordó cuando estaba cerrando.
–Usted debe ser Beatriz, la mamá de Dora-
–Sí, soy la mamá de Dorita, pero ella aparentemente no está, las luces están apagadas.
–No es a Dorita a quién busco, la busco a usted-.
Cuando Beatriz escuchó esto, su corazón de madre presintió lo peor.
-Dónde está mi hija, le pasó algo.
–No, no le pasó nada, quédese tranquila, tuvo un accidente pero está bien, sólo se golpeó una pierna.
-Pero si no le pasó nada porqué no está aquí, dónde está.
–Quedó internada, pero le repito que no es de gravedad-.
Beatriz volvió a cerrar la puerta y le preguntó:
-¿En qué hospital está?-
Y sin esperar respuesta siguió hablando:
-Seguramente vos la chocaste, buscá un remís.
–Tranquilícese, estoy en mi camioneta, yo la llevaré.
-¿Vos la chocaste?
–No, ella chocó contra mi puerta, tengo que subir por la del acompañante, pero eso se arregla.
-¡Qué! ¿Lo que tiene mi hija no se arregla?
-¡Sí, todo se arregla, le repito, su hija está bien!
En el hospital, Roberto conoció a todas las amistades de Dorita y con las más allegadas, siguieron reuniéndose en casa de Beatriz durante los meses que duro el yeso y casi todas las noches a excepción de las que salieron a comer, se divirtieron alternando entre el Buraco y el Garabateando.
Este fue el comienzo de una amistad que poco tardó en convertirse en dulce y apasionado amor. De las íntimas amigas, la que nunca faltó y competía con Roberto en atenciones, fue Susana, compañera del secundario, del viaje de egresadas y muchas salidas. Susana era tan o más bonita que Dora y en simpatía competían sin ventajas. Cuando Susana se quedaba sin ómnibus, Roberto la llevaba hasta su casa.
Dorita estaba enloquecida de amor y aunque rengueaba un poquito, no le importaba porque esa pierna valía menos que haberlo encontrado a Roberto, el amor de su vida. Roberto era contador y administraba las tres ferreterías de su padre. Dinero no le faltaba y él también estaba enamorado. No había motivos para dilatar la boda.
El accidente había sido a principios de Agosto. Fijaron la fecha de boda para el treinta de Diciembre, día en que Roberto cumpliría 28 años.
Ya tenían todo, la casa amueblada, los viajes de luna de miel, el vestido de novia, la fiesta pagada. Faltaban dos días para el casamiento cuando Dora recibió la llamada en el teléfono fijo que habían colocado en su casa. Roberto con voz grave le comunicaba que no habría casamiento, que se iba con Susana, su mejor amiga. Cuando Roberto quiso seguir hablando, sintió un ruido y se cortó la comunicación que no logró volver a conectar. Presintió lo peor y salió como un loco hacia la casa de su novia.
La encontró en la cama bañada en sangre, cuando él le habló, apenas pudo abrir los ojos para escuchar que Roberto, desesperado, le decía que todo había sido una broma por el día de los inocentes.
Cuando Beatriz llegó a la casa los encontró a los dos en la misma cama, Roberto abrazaba a su hija.
El colchón se había bebido la sangre de ambos. La que sobró goteaba por debajo de la cama.
Carlos Civili Mir
carloscivili@hotmail.com
09-09-08
Carlos Civili Mir
martes, 10 de agosto de 2010
Mi cuñadita
Alguno de estos árboles pondrá su cuerpo para la ejecución.
Es difícil para mí, no soy un criminal, pero mi cuñadita es la única salvación. No puedo esperar a que cumpla la mayoría de edad. De cualquier manera no tiene historia ni futuro, nadie depende de ella. Difícilmente logre casarse y el dinero no lo sabrá utilizar. Si no lo hago estoy perdido.
Hace diez años que Ricardo está casado. Su única cuñada, entonces, tenía cuatro años. La solía cargar sobre sus hombros.
Desde que murieron sus suegros la niña vive con ellos. Tiene un pequeño retraso mental producto de apurar el parto. Creció mucho. Lo que le falta en madurez le sobra en carnes, es preciosa.
Ricardo no aceptaba ayuda de sus suegros. Nunca les perdonó los desprecios que le hicieron. Era muy poca cosa. No solo en la posición social, también en lo estético, ella era una linda muchacha y él no las tenía a todas. Más bajo que ella, morocho y de cabellos duros. Pero la muchacha estaba enamorada. Se habían conocido apenas iniciados en la facultad de Derecho. En cuánto Ricardo descubrió su espíritu maternal, comenzó a tener hambre y a decírselo, ella le compraba galletas o sacaba comida de su casa. Él era el bebé y ella su mamá. Cuando quedó embarazada y dejó de estudiar sus padres aflojaron.
Ya casado, Ricardo vendía seguros para sobrevivir. Cuando se recibió, su suegro quiso instalarle el bufete pero lo rechazó. El título lo había buscado no tanto por el gusto de la justicia como por elevar su prestigio personal.
Íntimamente sabía que su suegro era un as en la manga. No aceptaba ayuda, pero cuando en su casa aparecía un mueble o un televisor nuevo, no preguntaba de dónde venía. Varias veces había salido de apuros con dinero que había aparecido del aire, pero él no le debía nada a nadie. Era un juego que lo beneficiaba, cuando más rechazaba más ayuda recibía.
Cuando sus suegros murieron en aquel accidente se repartió su cuantiosa fortuna.
El dinero lo enloqueció. Pasado el duelo comenzaron a viajar, renovaron casa y automóvil. Pero aún así quedaba mucho para gastar.
Se sentía atractivo, atrevido con las mujeres. Los billetes debajo de sus pies le daban altura. No lo negaba, le parecía divertido y fascinante el juego de la seducción y el otro juego, el de los casinos y las maquinitas. Siempre había criticado a los jugadores.
Mi mujer se siente segura. No sabe que lo he perdido todo.
Mi cuñadita es preciosa, está bien dotada, tiene todo lo que una chica hermosa tiene que tener, su negro pelo lacio brilla en los bordes y cae hasta sus hombros, el flequillo le da un aire infantil.
Está en el asiento de acompañante. Es descuidada, al sentarse se le subió el vestido. Tiene las piernas perfectas. Ya varias veces me pasó. Si está callada el solo verla me excita, pero en cuánto me sonríe, con esa sonrisa infantil que le dejó el partero, el fuego se derrite y si habla peor. Ahora está callada.
Mi esposa no quería que le enseñara a manejar, pero la niña insistió. Ahora la llevo al lugar que elegí cuidadosamente, un camino vecinal escoltado de fuertes eucaliptos. Cualquiera se puede desnucar al impactar en sus troncos. Hace meses que lo pienso. Mi mujer sabe que el enganche del cinturón del chofer está roto. Hace una semana lo dejé en el marco de la puerta y la cerré con fuerza.
Me detengo en la banquina para darle el volante. Para verificar que colocó bien los pies sobre los pedales, deslizo mi mano por su pierna derecha desde el muslo hasta el tobillo. Es perfecta, suave, tersa. Hago lo mismo con su pierna izquierda. Mi corazón se entera de todo y lleva el mensaje a mis miembros. Vuelvo con mi mano sobre su rodilla derecha. Le pido que presione levemente el acelerador para que sienta la tensión del pedal. Ahora mi mano toma su muslo izquierdo, con esta pierna tiene que probar la tensión del freno y el embrague. Siento el perfume y el calor de su cuerpo.
Estoy temblando. Mi cuñadita no habla.
Carlos Civili Mir
carloscivili@hotmal.com
10/02/10
Es difícil para mí, no soy un criminal, pero mi cuñadita es la única salvación. No puedo esperar a que cumpla la mayoría de edad. De cualquier manera no tiene historia ni futuro, nadie depende de ella. Difícilmente logre casarse y el dinero no lo sabrá utilizar. Si no lo hago estoy perdido.
Hace diez años que Ricardo está casado. Su única cuñada, entonces, tenía cuatro años. La solía cargar sobre sus hombros.
Desde que murieron sus suegros la niña vive con ellos. Tiene un pequeño retraso mental producto de apurar el parto. Creció mucho. Lo que le falta en madurez le sobra en carnes, es preciosa.
Ricardo no aceptaba ayuda de sus suegros. Nunca les perdonó los desprecios que le hicieron. Era muy poca cosa. No solo en la posición social, también en lo estético, ella era una linda muchacha y él no las tenía a todas. Más bajo que ella, morocho y de cabellos duros. Pero la muchacha estaba enamorada. Se habían conocido apenas iniciados en la facultad de Derecho. En cuánto Ricardo descubrió su espíritu maternal, comenzó a tener hambre y a decírselo, ella le compraba galletas o sacaba comida de su casa. Él era el bebé y ella su mamá. Cuando quedó embarazada y dejó de estudiar sus padres aflojaron.
Ya casado, Ricardo vendía seguros para sobrevivir. Cuando se recibió, su suegro quiso instalarle el bufete pero lo rechazó. El título lo había buscado no tanto por el gusto de la justicia como por elevar su prestigio personal.
Íntimamente sabía que su suegro era un as en la manga. No aceptaba ayuda, pero cuando en su casa aparecía un mueble o un televisor nuevo, no preguntaba de dónde venía. Varias veces había salido de apuros con dinero que había aparecido del aire, pero él no le debía nada a nadie. Era un juego que lo beneficiaba, cuando más rechazaba más ayuda recibía.
Cuando sus suegros murieron en aquel accidente se repartió su cuantiosa fortuna.
El dinero lo enloqueció. Pasado el duelo comenzaron a viajar, renovaron casa y automóvil. Pero aún así quedaba mucho para gastar.
Se sentía atractivo, atrevido con las mujeres. Los billetes debajo de sus pies le daban altura. No lo negaba, le parecía divertido y fascinante el juego de la seducción y el otro juego, el de los casinos y las maquinitas. Siempre había criticado a los jugadores.
Mi mujer se siente segura. No sabe que lo he perdido todo.
Mi cuñadita es preciosa, está bien dotada, tiene todo lo que una chica hermosa tiene que tener, su negro pelo lacio brilla en los bordes y cae hasta sus hombros, el flequillo le da un aire infantil.
Está en el asiento de acompañante. Es descuidada, al sentarse se le subió el vestido. Tiene las piernas perfectas. Ya varias veces me pasó. Si está callada el solo verla me excita, pero en cuánto me sonríe, con esa sonrisa infantil que le dejó el partero, el fuego se derrite y si habla peor. Ahora está callada.
Mi esposa no quería que le enseñara a manejar, pero la niña insistió. Ahora la llevo al lugar que elegí cuidadosamente, un camino vecinal escoltado de fuertes eucaliptos. Cualquiera se puede desnucar al impactar en sus troncos. Hace meses que lo pienso. Mi mujer sabe que el enganche del cinturón del chofer está roto. Hace una semana lo dejé en el marco de la puerta y la cerré con fuerza.
Me detengo en la banquina para darle el volante. Para verificar que colocó bien los pies sobre los pedales, deslizo mi mano por su pierna derecha desde el muslo hasta el tobillo. Es perfecta, suave, tersa. Hago lo mismo con su pierna izquierda. Mi corazón se entera de todo y lleva el mensaje a mis miembros. Vuelvo con mi mano sobre su rodilla derecha. Le pido que presione levemente el acelerador para que sienta la tensión del pedal. Ahora mi mano toma su muslo izquierdo, con esta pierna tiene que probar la tensión del freno y el embrague. Siento el perfume y el calor de su cuerpo.
Estoy temblando. Mi cuñadita no habla.
Carlos Civili Mir
carloscivili@hotmal.com
10/02/10
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